La adolescencia es una etapa de cambio intenso. Muchas de las dificultades que aparecen en estos años son normales, pero a veces se acumulan hasta un punto en que el joven no puede gestionarlas solo.
Alteraciones emocionales drásticas que afectan la convivencia en el hogar.
Desmotivación o caída de notas que se prolonga en el tiempo.
Discusiones frecuentes con familiares o iguales sin resolución aparente.
Pesadillas frecuentes o cansancio continuo sin una causa física.
Consumo de sustancias, autolesiones o comportamientos muy impulsivos.
Expresiones de desesperanza o verbalizaciones de que nada tiene sentido.
Muchos jóvenes viven con una tensión de fondo que no saben nombrar: miedo a equivocarse, al qué dirán, a no llegar. La ansiedad en la adolescencia puede aparecer como nerviosismo, bloqueo antes de los exámenes, evitación social o síntomas físicos como dolor de cabeza o de estómago sin causa médica.
La adolescencia es el momento en que se construye la identidad. Cuando esa construcción se hace sobre una base de comparación constante o de mensajes negativos recibidos en casa o en el colegio, el resultado puede ser una imagen muy deteriorada de uno mismo. Trabajamos para que el joven se conozca mejor y desarrolle una relación más amable consigo mismo.
El fracaso escolar no siempre es un problema de capacidad. A menudo hay detrás ansiedad ante los exámenes, dificultades de concentración, falta de organización o desmotivación profunda. Identificamos juntos qué hay detrás y trabajamos estrategias concretas.
Rabia desproporcionada, tristeza sin saber por qué, cambios de humor que desconciertan incluso al propio joven. En terapia aprendemos a identificar las emociones, entender de dónde vienen y gestionarlas sin que se conviertan en un problema para uno mismo o para los demás.
Problemas con amigos, situaciones de acoso escolar, dificultad para relacionarse o sentirse diferente al resto. El grupo de iguales es fundamental en esta etapa, y cuando algo falla ahí, el impacto en el bienestar es enorme.
Peleas frecuentes con los padres, sensación de no ser entendido, dificultad para comunicarse con la familia. A veces el problema está en el joven, a veces en la dinámica familiar, y a menudo en las dos cosas a la vez. Lo trabajamos desde el lado en que sea más útil.
El primer objetivo es que el joven se sienta cómodo. No hay prisa, no hay respuestas correctas e incorrectas, no hay sermones. Es un espacio para hablar de lo que le preocupa a su ritmo, sin miedo a ser juzgado.
No trabajo igual con un chico de 13 años que con uno de 17. El lenguaje, el ritmo y las herramientas se ajustan a quién tengo delante. El objetivo es que la terapia tenga sentido para el joven, no que encaje en un protocolo estándar.
En algunos casos, incluir a los padres en parte del proceso mejora mucho los resultados. No se trata de informar de lo que dice el joven en sesión, sino de trabajar la comunicación familiar o ayudar a los padres a acompañar mejor a su hijo. Cada caso es diferente y lo decidimos juntos.
Duración: 60 minutos
Duración: 60 minutos
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No hay una edad mínima fija. Lo importante es que haya cierta disposición a hablar, aunque sea pequeña. Trabajo con jóvenes desde la preadolescencia hasta los 18 años.
Lo que hablamos en sesión es confidencial. Solo compartiría información con los padres en casos de riesgo grave para tu seguridad, y siempre avisándote antes.
No es obligatorio. En jóvenes más pequeños es recomendable una sesión inicial con los padres para contextualizar. Con adolescentes mayores, podemos empezar directamente contigo si lo prefieres.
Sí. Muchos padres tienen una consulta previa para orientarse antes de hablar con su hijo. Podemos hacer esa primera sesión solo contigo para ver cómo afrontarlo.
Sí. La terapia online funciona bien con jóvenes, especialmente con los que ya tienen cierta comodidad con las pantallas. Se puede hacer desde casa con total privacidad.